viernes, 25 de septiembre de 2009

Cuando las cartas de la baraja intervienen en tu camino

Esta historia, una pasaje de misterio, comienza en Abril de 1988, en el Pacífico, me habían cambiado del hotel donde trabajaba en el Caribe al de Ixtapa, allí llegué en enero, desde que bajé del avión no me gustó el entorno, cuando entré en el hotel me pareció absurdo, fuera de época. Me recibieron muy bien, con habitación en el décimo piso y vista al mar, de allí no salí, ni tampoco desempaqué mis cajas. Las habituales cajas con las que me he recorrido buena parte de la república estuvieron siempre cerradas. flejadas. La ropa solo la sacaba de la maleta y la volvía a meter, pensando que en cualquier momento saldría de allí y si, así fue.

Un día se celebró el cumpleaños del gerente, hubo una comida, primero un cóctel con mariachis, al sentarnos a la mesa me sentí incómodo, fuera de lugar nuevamente. No hice conversación alguna. Al lado se encontraba un chico, el encargado de compras y me preguntó ¿oye, por qué te veo siempre que andas mal? pues porque no me gusta estar aquí, le respondí. Y, si no te gusta ¿por qué no te vas a otro lado? me dijo.

De una frase tan simple y tantas veces escuchada me vino algo así como un rayo luminoso. Tiene razón, si me siento mal la cosa es irme de aquí. No lo pensé mas, así que cerré la maleta, solo deje dos mudas en una mochila, encargué mis pertenencias en casa de un amigo y al otro día estaba en la terminal de autobuses de Zihuatanejo. Con el habitual calor, las moscas y el lodo, pues en esa zona llueve mucho.

En el primer camión que llegue me voy, pensé, y así haré mi recorrido, a donde me lleve el viento. Y llegó el bus, iba para Acapulco, así que para allá continuaría. Compré el boleto, hice la cola para abordar, siempre me ha gustado llevar el asiento 4, el que está al frente y del lado de la ventanilla, de esa manera tienes vista para todos lados. Estaba a punto de abordar cuando me atrae algo que estaba tirado frente a mí, en mi camino. Resaltaba mucho su diseño barroco, rojo del casi negro lodazal, la levanto y veo que es una carta, una carta, no recuerdo cual de la baraja, me pareció muy curioso, la recogí y la metí en mi mochila.

Ese trayecto de Zihuatanejo a Acapulco tiene su encanto, son docenas de kilómetros de platanares y de cocotales, paisaje más tropical que este dudo que exista. Y Acapulco es ya una ciudad, en la memoria quedó todo el glamour que tuvo en los cuarentas, cuando Caleta sorprendía al mundo con su belleza. Ahora, al igual que en todo México es el trafico enloquecedor, una ciudad con casi un millón de habitantes y eso si, una bahía enorme que indiscutiblemente es bella, solo que embellece aun mas de noche cuando recobra la vida que hace tan característico al puerto.

Pero eso a mi no me interesaba, quería ver mas bien sus raíces, así que recorrí por completo el Fuerte de San Diego, al otro día me fui a las playas mas apartadas, estaba en una de ellas, cuando, sin pensarlo, por mi camino aparece una carta mas. La segunda en apenas cuatro o cinco días.

Repetí la operación, y me dejé ir a donde el siguiente autobús me llevara, así que la noche la pasé en Puerto Ángel, ya en Oaxaca, solo que llegué de madrugada, estaba aun oscuro y me sentía muy cansado, me dormí en la playa. Ya cuando amaneció vi lo rudimentario del lugar, la playa prácticamente para mi solo, y una cabaña al frente, así que la renté por algunos días, todo era tranquilidad. Conocí los alrededores, Puerto Escondido y sus monumentales olas, Zipolite y sus playas nudistas, y si, andando por allí ocurrió, por tercera vez, que una carta de la baraja aparecía a mis pies. Era algo que me hacía sentir una gran seguridad en mi viaje por donde el viento me llevara, ligué la idea de las cartas con la memoria de mi madre, pensé que era la manera en que se manifestaba para decirme que siguiera así, que todo saldrían bien, así que con la paz entera seguí vagando.

Llegué a Huatulco, estaba en construcción apenas había un par de pequeños hoteles donde sería algún día el centro del poblado, en una de las muchas bahías que hay por allí con restoranes muy sencillos, de palapa, comí y pedí permiso, allí dormí en una hamaca, el arrullo del mar es sensacional cuando no estas habituado a él.

Construcciones no habían aun en Huatulco, solo proyectos. El campo de golf lo estaban trazando, las calles vacías, faltaba mucho para que entrara en la oferta turística de la geografía nacional, y si, efectivamente, caminando por allí, una carta mas de la baraja apareció.

El recorrido siguió y siguió, continué a Juchitán, esa noche se celebraba el baile del pueblo, en donde mujer baila con mujer, según la tradición local, muchas de ellas portaban sus centenarios de oro al pecho, engarzados a sus cadenas también de oro, todo ostentoso y real. Crucé el istmo y llegué a Coatzacoalcos de allí a Veracruz y finalmente al DF, sale de sobra decir que en cada pueblo me encontraba una carta más.

El DF es, indudablemente, la ciudad mas interesante de todo México, el tiempo no basta, hay mucho que hacer, mucho que ver, tan solo caminar por sus calles sin rumbo es como pasear en un museo o ser parte de un teatro, son tantas y tantas las escenas que se va uno topando que la ciudad es en si un espectáculo. La ciudad ya la conocía, había vivido tres años allí, sabia como llegar a los principales lugares y conocía bien las reglas de comportamiento, digo, si es que las hay. Así que la operación la volví a realizar, en el primer camión que pase me subo, pero esta vez eran los urbanos, los que me llevaron a los sitios más apartados y sórdidos de la ciudad, a las penitenciarias, a los multifamiliares mas recónditos, a los limites de la ciudad, que de pronto se antojan inexistentes pero allí están.

Un día decidí caminar todo el día así que enfilé por Polanco, una de las mejores zonas residenciales aunque el comercio le ha ido ganando terreno, como quiera, iba caminando por una calle en la que solo residencias había, me enfilé por el camellón central y de pronto, no pude creer lo que frente a mi se mostraba. Un árbol que al metro y medio del suelo el tronco se bifurcaba y justo al medio, asentada, esperándome, una carta mas de la baraja.

El recorrido lo seguí hacia el norte, llegué a Salamanca, luego de varias semanas seguí a Guadalajara, luego Mazatlán, Culiacán y Mochis allí me subí en el tren y pude conocer la espectacularidad de la Barranca del Cobre, algo en verdad maravilloso, era octubre, lo recuerdo muy bien, pues siempre se ha dicho que la luna de este mes es la mas bella de todas, sin planearlo me tocó pasar la noche de luna llena precisamente en Divisadero en donde no hay nada mas que un hotel, asentado sobre la orilla de la barranca. De noche, con la intensidad de la luna en pleno el espectáculo se antojaba como irreal, pero no, mas realidad no podía haber que la Barranca del Cobre iluminada por la luna.

En Chihuahua fue donde decidí que el viaje estaba por concluir, que antes de terminar el año tendría que estar de vuelta en el Caribe pero que antes debería pasar por Ixtapa a recoger mis pertenencias. Así fue, para Navidad de ese memorable 88 estaba ya de vuelta, con todas mis cosas y un sobre lleno de cartas de la baraja.

La historia te la podría seguir contando más y más, tengo ya docenas de cartas que encuentro al ir caminando, ¿yo en busca de ellas ó ellas en busca de mi? Eso nunca lo he sabido, el caso es que, las fotos que ahora te pongo aquí son de las últimas que me he ido encontrando, esta es la historia interminable, no cabe duda.

Hay un libro de Jostein Gaarder, el que escribió La historia de Sofía, llamado El misterio del solitario, en donde el tema de las cartas de la baraja se toca… y ni que decir de la canción de los Tigres del Norte, a ritmo de vals: “La baraja bendita”:

http://www.youtube.com/watch?v=hZrZwIk8cMs&feature=related

1 comentario:

  1. Absolutamente interesante! Son de esas anécdotas de vida que me encanta saber que ocurren.
    Qué suerte que ellas te encuentren!! Aunque también soy partidaria de la versión de que alguien te ayuda por tu camino...

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