viernes, 27 de noviembre de 2015

Para entender mejor a México, veamos lo que ocurría apenas comenzando el siglo XVIII

   No sé tú… pero al ir metiéndome más y más en la Historia de México me doy cuenta, como dijera el filósofo griego, que sé muy poco pues son tantos los datos insospechados y tantos los personajes involucrados y tan grande es el espacio físico en donde ocurrieron las cosas que, de pronto me pierdo en el espacio y en el tiempo. El no conocer al menos los pasajes más importantes de la historia de España, el no saber de las sucesiones reales y de cómo estas afectaban el transcurrir de la vida de todos, incluso en la Nueva España me hace detener mis lecturas mexicanas y adentrarme en resúmenes de lo ocurrido en la vieja España a fin de poder hilar una cosa con la otra, así pues, vemos algunos datos que, al parecer son insignificantes pero que, al saber el trasfondo de ellos nos damos cuenta de la fuerza que la corona tenía sobre sus vasallos:

   Alucino la escena, visualizar la nave empavesada me hace estremecer:  “Al comenzar el siglo XVIII, el 6 de marzo de 1701, llegó a México correo de Veracruz con una nueva de haber arribado al puerto un navío aviso empavesado de negro con gallardetes y banderas de luto, anunciando la muerte de Carlos II. Al día siguiente el virrey Don José Sarmiento, conde de Moctezuma y de Tula, recibió el cajón de la correspondencia de España, confirmándose por cartas y despachos la muerte del último de los reyes españoles de la casa de Austria” (1).

   Cuando comencé a adentrarme en la historia, vía la historia local, la de Salamanca, leía del Conde de Monterrey, pensaba fuera una persona distinta y allegada al virrey, luego entendí que muchos, por no decir que todos, los virreyes de Nueva España procedían de la nobleza, algunos duques otros marqueses o condes. Hubo también los que ocupaban el doble cargo, tanto de virrey como de arzobispo y aquí va algo en torno a uno que era duque y se llamaba Francisco Fernández de la Cueva Enríquez. Habrá que entender que cuando ocurre la muerte del rey que arriba se menciona, terminó el reinado de la Casa de los Austrias, comenzaría entonces la influencia francesa con Felipe V de la Casa de los Borobones, que era nieto del rey de Francia, Luis XVI:  “La época de gobierno del segundo duque de Alburquerque comenzó a ser notable por el lujo y magnificencia que desplegó el virrey y por el cambio de modas en los trajes de hombres y mujeres que se ajustaron a las de Francia desde el 6 de enero de 1703, día en que los soldados que daban la guardia en Palacio se presentaron con uniforme francés causando en México gran novedad aquel cambio. Era el duque de Alburquerque caballeroso y afable al par que activo, cualidades muy necesarias en situación tan peligrosa y delicada como las que atravesaban la metrópoli comprometida en civiles y extranjeras y la colonia amagada por escuadras enemigas casi desarmada y escasa de recursos” (2).  

   El afrancesamiento era notorio, no solo en las modas, sino en costumbres y fiestas, el siguiente episodio se desarrolla en lo que hoy conocemos como Delegación Tlalpan, que era antes el pueblo de San Agustín de las Cuevas: “Por otra parte, las costumbres se habían corrompido extraordinariamente en México: el lujo de los ricos era desenfrenado, al extremo de que el tesorero de la casa de moneda, don Francisco de Medina Picazo, para obsequiar al duque, hizo representar en su casa una comedia, y para armar el teatro destruyó la tienda del blanqueador de la misma casa, y después de la representación, a la que asistió un gran número de personas, obsequió Picazo con un suntuoso banquete a los concurrentes, y regaló mil pesos al virrey y a cada una de las personas de su familia, cien pesos a cada uno de los caballeros y damas y veinticinco a cada uno de los pajes y criados, y después les invitó para una fiesta en su casa de campo en el pueblo de San Agustín de las Cuevas, de cuyo festejo dice Robles en su Diario (año de 1703): “Viernes 1°, esta tarde volvieron de san Agustín de las Cuevas los señores virreyes, a donde habían ido desde el domingo por la tarde, al festejo que les hizo el tesorero de la Casa de Moneda, don Francisco de Medina y Picazo; y hubo toros lunes, martes y miércoles; y para la comida se concertó dicho tesorero con los cocineros de S.E. en cinco mil pesos que les dio y embargó todas las huertas, y dicen hizo dorar un pino grande lo cual le costó tres mil peos, y por todos gastos llega a veinte mil”.

   Te recomiendo cerrar los ojos, luego de leer esto e imaginar la escena (creo la fotografía es evocadora y te motivará): “Las visitas de los virreyes a los conventos de frailes y monjas eran también motivos de suntuosos banquetes que se repetían con mucha frecuencia, el virrey por su parte desplegaba en palacio para corresponder a aquellos obsequios el mayor fausto que hasta entonces se tenía idea en la Nueva España. En palacio se representaban comedias a las que eran invitados los oidores, el arzobispo, los canónigos, los inquisidores y las personas más distinguidas de la ciudad”. (3)
   Claro es que aún no estaba aquel que diría que iba a “administrar la abundancia”, es decir, ya desde entonces la riqueza estaba acumulada en las manos de unos cuantos y la pobreza, miseria o marginalidad era más que notoria: “Los robos, los asesinatos y los escándalos se multiplicaban de una manera extraordinaria porque al paso de tan ricos y pródigas eran las clases altas de la sociedad, la más espantoso miseria se había apoderado de las bajas; los negros y las negras esclavos eran tratados con gran crueldad y andaban en las ciudades, en los pueblos y en las haciendas en tan vergonzosa desnudez, que el duque de Alburquerque se vio precisado a dictar una disposición por la que se obligaba a los amos a tratar con menos dureza a los esclavos y a vestirlos. Frecuentemente, a pesar del gran fanatismo de aquella época los templos eran asaltados, despojadas las imágenes de la alhajas y robados los vasos sagrados; a esto seguían como escarmiento horrible ejecuciones de justicia, en las que los reos no solo sufrían pena de muerte, sino que eran mutilados y las manos de los ladrones sacrílegos clavadas en las calles horrorizaban a los transeúntes”. (4)

   En el siguiente episodio se unen, de alguna manera, el tema de la Nao de China, los matrimonios forzados, los intereses creados, las ambiciones de riqueza, y no, no confundamos a la China Poblana con este chisme, ese personaje que todos conocemos por su apodo, que ni era china y mucho menos poblana, sino que era hindú y sí, vivió en Puebla, además, dicen por ahí, tuvo una cierta santidad (*) ella, la China Poblana se llamaba Catarina de San Juan y la china que ahora verás (que era filipina) se apellidaba Cruzat: “Los asuntos privados entre los ricos tenían el carácter de acontecimientos públicos de importancia, porque los altos funcionarios tomaban partido por alguno de los contendientes. El casamiento de  la hija de don Jaime Cruzat, gobernador que había sido de Filipinas, fue causa de grandes trastornos: aquella joven, a quien el pueblo llamaba La China tenía un dote de más de seiscientos mil pesos, y la pretendían por esposa el conde de Santiago, el oidor Uribe, don Domingo Sánchez de Tagle y don Lucas de Careaga; el arzobispo tomó parte de favor de Tagle, las demás autoridades opusiéronse a aquel casamiento, los tutores de la china llevaronla depositada a una casa del barrio de San Cosme, y el abogado Juan de Dios Corral presentó demanda contra Tagle en nombre de otra mujer a quien Tagle había dado palabra de casamiento; el arzobispo excomulgó al abogado Corral, sacó del depósito a la Cruzat, llevola al convento de San Lorenzo y allí la casó con Tagle en medio de multitud de hombres armados que habían acompañado al obispo. El virrey envió tropa con los hermanos de la Cruzat para impedir la ceremonia, pero las monjas de San Lorenzo cerraron las puertas del templo y del convento. El virrey hizo prender en la noche al novio, le impuso veinte mil pesos de multa y lo desterró a Veracruz; el padre del novio, don Pedro Sánchez de Tagle, fue multado en igual cantidad y desterrado a Acapulco; a un hermano del mismo novio se le multó en diez mil pesos; la virreina se declaró protectora de los Tagles y a tanto llegó su disgusto, que se separó del virrey su marido. Moviose un gran litigio en el que intervinieron el virrey, la virreina, la audiencia, el arzobispo, los desposados y sus representantes, y quizá hubiera tendido aquello muy graves consecuencias si en esos días no hubiera muerto en el convento donde estaba depositada la Cruzat, causa de tanto escándalo, con lo que todo se apaciguó” (5).    

    Antes, como ahora, las influencias ayudan a ocultar, a hacer, a robar, a abusar… quizá venga de ese entonces las terribles prácticas que vemos (lamentablemente) por todo el país todos los días: “La plebe no es el daño que robe, sino la reciproca protección que hayan los delincuentes para obviar el castigo, pues ya el parentesco del religioso o eclesiástico, ya la consanguinidad con los que aquí hacen representación pues sin ser mordaz es suficiente la que haya sido ama de un hijo suyo una mulata, y aun de haberle sacado un hijo de pila, que bastaba para llamarlos compadres” (4).  

   Esto, de las prácticas chamánicas y de las ideas que los padrecitos tenían de ellas me causa una especie de ligero horror, por cierto, si aún no has visto la película El baile de San Juan, no te la pierdas. “En México se celebró la pacificación del Nayarit quemándose solamente en la plazuela de San Diego, por orden del provisor, que era el juez de los indios en causas de fe el esqueleto de un indio del Nayarit encontrado en una cueva de aquella provincia, sentado en un sillón con un sable en la mano y sobre un altar. Aseguró  que el esqueleto aquel era mirado como una divinidad por los indios y se le sacrificaban víctimas humanas” (6). 

    Para terminar por donde comenzamos vemos a un personaje que pasó a las páginas (breves) de la historia como un inepto. Él fue uno de esos virreyes-arzobispos. “Volvió el padre Guillén a escribir al arzobispo virrey en demanda de remedio, manifestándole que de no prestarse auxilio volvería a perderse la California; pero nada consiguió: la apatía y la timidez de Vizarrón eran insuperables y aquel virrey, quizá el menos apto de cuantos tuvo la nueva España presenciaba la pérdida de una provincia y tenía noticia de las desgracias que allí pasaban, sin inquietarse para poner un pronto remedio atendiendo quizá al más lejano e insignificante peligro de que el monarca español le hiciera un extrañamiento” (7).

Fuentes:

1.- Riva Palacio, Vicente. México a través de los siglos. Tomo VII. Editorial Cumbre. México, 1986. p. 73

2.- Ibid, p. 78

3.- Ibid, p. 82

4.- Ibid, p. 82

5.- Ibid, p. 82-83

6.- Ibid, p. 95

7.- Ibid, p. 107

(*) Si el tema de Catarina de San Juan te interesa, Francisco de la Maza tiene un libro con ese nombre, lo publicó Conaculta en la colección Cien de México en 1990. 

2 comentarios:

  1. No encuentro diferencias entre la clase política de antes y la de hoy.

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    1. Efectivamente, Panteonero, has dado con el clavo. Y no sólo en la clase política, sino en la Iglesia, en la sociedad, y en todo, todo lo que es México en la actualidad. Lo mismo pero con Iphone y demás tecnologías.Tan simple como ver el estatus que un caballo fino daba a su dueño y lo que es un auto en la actualidad...

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